Bienvenid@ a IconoArte

 

“La belleza salvará al mundo” declaraba Dostoïevski, y no estaba mal encaminado. Sólo con recorrer un poco nuestro mundo, se comprende que la Belleza está mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos. Paul Evdokimov decía: “si el hombre aspira a la Belleza, es porque de antemano está bañado de su luz, porque el hombre, desde su propia esencia es sed de la Belleza y de su imagen”.

 

Benedetto Croce nos muestra que el arte está ante todo ligado a la expresión. Por eso, la experiencia estética es la experiencia más inmediata: su dinamismo se encuentra libre del espacio y se desarrolla por completo en el tiempo. Con los elementos de este mundo, el arte nos revela una profundidad lógicamente inexpresable.

 

Lo bello está presente en la armonía de todos sus elementos y nos sitúa ante una evidencia que sólo se puede demostrar y justificar contemplándola. Su misterio ilumina desde dentro al exterior igual que el alma se muestra misteriosamente en una mirada.

 

Lo bello, así, viene a nuestro encuentro, se hace íntimo, cercano, emparentado con la sustancia misma de nuestro ser.

 

¿Qué es un icono? ¿Cuál es su finalidad última? ¿Cómo contemplarlo? Son preguntas que cualquier espectador ajeno al mundo bizantino, puede llegar a plantearse, pero no debemos separarlo de su realidad primera,  porque ello supondría vaciarlo de contenido. Un icono no es sólo una imagen bonita que puedo colocar en una pared de mi casa, ni tan siquiera habríamos de verla como una simple obra de arte que nos puede impactar más o menos. No. Un icono es algo más, es mucho más que eso… Más que una obra de arte, el icono hace referencia al arte que permite el paso de lo visible a lo invisible. Es una ventana que nos asoma al Absoluto, a la Eternidad, a la  Belleza, puesto que es la misma Belleza la que por analogía el icono nos transmite, ilustrando “los inefables destellos de la Belleza divina”.  El icono es en boca de Michel Quenot, “Teología en imagen”, que nos anuncia a través de los colores y su lenguaje cargado de símbolos lo que el Evangelio nos es proclamado por la palabra. Es un arte teológico y por ello mismo, ambos conceptos no pueden ser tomados por separado.

 

Así pues, esta teología de formas, colores y símbolos, destila constantemente, dado que es su fundamento, el misterio de la Encarnación, al tiempo que añade otras formas teológicas a su repertorio.

 

El icono nos recuerda constantemente  la finalidad de la existencia humana: llegar a ser imagen de aquello en lo que creemos, alimentados por la luz del Espíritu. Y si el icono encuentra su principio constructivo a la luz de la Transfiguración de Cristo, invita a quien lo contempla a ser eco de esa luz en el mundo. Podría decirse pues, que el icono es un cruce de miradas, un cruce de vidas, que llega más allá de lo que nuestros pobres ojos pueden contemplar.

 

Por ello, la idea de hacer esta exposición, es principalmente, acercar al mundo occidental la realidad del icono y su trasfondo más íntimo. La actitud interior es esencial, la apertura al misterio, el asomarse sin miedo a un mundo conocido sí, pero totalmente nuevo para nuestra mentalidad de cristianos occidentales. Dejemos nuestra concepción de arte a un lado, porque en este campo no nos sirve, dado que la fuerza del icono nos la desmonta.

 

Esta página es una invitación al asombro, donde todo  nos lleva a ver las cosas con ojos nuevos. Podría decirse que es un viaje al interior del alma, como suelen decir los monjes del Monte Athos. Preguntarse no sirve, querer entenderlo tampoco, pues siempre tiene algo que decirnos y siempre descoloca nuestros propios argumentos.

 

Escucha, deja que te hable…no intentes comprender…abre tu alma para recibir el mensaje. Sólo si vas con esa actitud, podrás acercarte un poco más a este mundo nuevo, y comenzarás a recorrer un camino que puedo asegurarte puede llegar a fascinarte. Si te dejas, te interpelará, y se revelará en el silencio de un cara a cara.

 

Y si por alguna razón, esta exposición llega a decirte algo, no me des a mi las gracias, dáselas al verdadero Artista, que tras cada icono se esconde, yo, tan sólo he sido un instrumento.