El icono

 

El término Icono, deriva de la palabra griega Eikon y significa imagen en su sentido más literal. Su correspondencia rusa es Obraz.


El icono se inserta dentro de la tradición cristiana bizantina. Se trata básicamente de imágenes para el culto que representan a la Madre de Dios o Teotokos, al Salvador, y a los santos.


Los iconos hacen referencia a un tipo de pintura sobre tabla que se dio en el Imperio Bizantino, usando la técnica del temple al huevo, aunque también podemos encontrar algunos ejemplos con la técnica de la encáustica. Esta técnica tiene su origen en una antigua tradición, transmitida siglo tras siglo.


Podemos decir que este es el significado que la Iglesia ortodoxa le ha otorgado. Aunque hemos de precisar que la espiritualidad oriental no es dada a definir, pues supondría encajonar, cuadricular, perder profundidad, y eso no es posible para Dios, dado que “Dios es siempre más y diferente”.


Lo esencial en el icono es su intencionalidad, que manifiesta y hace presente en nuestro hoy “lo visible y lo invisible, significando la presencia y la ausencia, la proximidad y la distancia… Es vehículo de comunicación del Inefable que se hace presente en la realidad simbólica, como ventana abierta al misterio, pero nunca manipulable…”.


Y es que, el icono, más allá de ser admirado, hace revivir en quien lo contempla, aquella experiencia primigenia de la cual nació: el Misterio de la Encarnación, de donde radica su base y fundamento.


Por ello, el lugar donde el icono nace no es en el taller del iconógrafo, sino en el corazón del creyente en donde se transforma en imagen visible del Dios Invisible.

 

¿Cómo mirar un icono?

 

Además de ser visto en su dimensión histórica y como obra de arte que es, ha de ser visto en su vertiente contemplativa, de ahí que debamos acercarnos a él con silencio profundo y respetuoso.


Así, dice Romano Salfi: “El icono educa para el estupor contemplativo que no elimina la razón sino que la integra en una unidad más grande y profunda, es diagonal por naturaleza, por eso nunca está terminado. Tiene en sí una ulterior revelación y suscita una ulterior respuesta, por ello no pretendo nunca haber comprendido totalmente un icono y haber respondido adecuadamente a él. Espero siempre que me sea revelado el misterio de su ser inacabable y me dispongo a dar una respuesta que no será nunca definitiva, sino siempre una etapa, un camino hacia una unidad más grande, más inmensa, más plena…


El icono se va haciendo continuamente por mi, crece conmigo, estableciendo una relación integral de mi persona que empeña creativamente la mente, el corazón y el sentimiento.


Ante el icono estoy estático y contemplo, pero ante el icono me inclino profundamente, incienso, enciendo una luz, porque el icono es ventana abierta al infinito; es revelación del Absoluto manifestado. Y frente al Absoluto la integridad de mi persona es llamada a responder… El icono pide y construye la integridad, la unidad, la sinfonía del conocimiento…”